Sección: Fábulas Urbanas
Autor: César Camacho
Título: El trámite
Año: 2017
Era uno de esos días para hacer cosas importantes,
un trámite que llevaba más de un año
haciendo; un trámite de esos que pueden cambiarte la vida, en palabras urbanas,
algo bastante detestable para mi, sacar papeles. Muy temprano en esa mañana, le
encomiendo a mamá pedir por mi fortuna, me calzo los zapatos de suela y salgo a
la calle ataviado de azul, siguiendo su recomendación. Dejo el carro en un
centro comercial cercano para evitar que me tranquen en el estacionamiento de
la oficina; llego al trabajo y otra vez el mismo rollo de quien invitó a quien
y quien hizo o no hizo qué mientras llegan pedidos y más pedidos, me siento a
trabajar mientras intento calmar a mi homóloga que está llorando por el regaño
de hace un rato. Bajo la vista y revisó
el reloj, ¡las once y cuarto!, ¡la cita es a las doce!, me levanto en volandas
de la silla y al salir a la calle resulta que está comenzado a llover, recorro
las dos cuadras que me separan del carro planeando con mis suelas sobre el
agua, paso el swiche y salgo al
tráfico de medio día, espeso por la lluvia. Respiro profundo mientras avanza, lentamente,
la cola para llegar al edificio del consulado; entro al estacionamiento y busco
rápidamente un puesto donde no tenga que dejar la llave, no hay, llego al
cuarto piso y toco la corneta para hacer señas al tipo para que me reciba el
carro, pero resulta que el tipo está dormido sobre el escritorio; a media
distancia entre el durmiente y yo, hay tres personas charlando sin la mayor
intención de ayudarme, el minutero avanza y veo un letrero que dice “privado”
en la rampa que da acceso al quinto piso, arranco la camioneta subo y veo un
puesto vacío que no tranca a nadie, paro el carro, agarro las carpetas y bajo
al piso cuatro para tomar el ascensor porque al cinco no llega. Cuando bajo al
cuatro, el parquero sigue dormido y me cruzo con los tres que me ignoraron,
cuando voy a tomar el ascensor uno de ellos me grita:
─¡señor, no puede parar el carro en el cinco!, ─y yo le contesto─
─¡lo siento no tengo tiempo!
Me monto en el ascensor y lo dejo hablando solo, insultándome; son las 11:45 am, ¡llegué en el momento justo!, pregunto al vigilante de planta baja y me da acceso a la torre de oficinas. Subo al piso, espero mi turno y presento los papeles; me tocó la muchacha amable, ¡el azul funcionó!, pienso para mis adentros, cuando de pronto se deja oír mi mayor temor:
─¡señor, no puede parar el carro en el cinco!, ─y yo le contesto─
─¡lo siento no tengo tiempo!
Me monto en el ascensor y lo dejo hablando solo, insultándome; son las 11:45 am, ¡llegué en el momento justo!, pregunto al vigilante de planta baja y me da acceso a la torre de oficinas. Subo al piso, espero mi turno y presento los papeles; me tocó la muchacha amable, ¡el azul funcionó!, pienso para mis adentros, cuando de pronto se deja oír mi mayor temor:
─¡le faltan dos papeles! ─me dice la chica tras el
vidrio─, pero míreme le voy a ayudar, tráigame esta copia impresa en menos de
veinte minutos y de lo demás yo me encargo.
Resulta que la fulana copia que me faltaba no la
tenía a la mano, tenía que llamar a una persona que no siempre contesta el
teléfono, para que me la mandara al correo e imprimirla en un cyber café ¡y todo en menos de veinte
minutos! Es imposible, me dije.
Esperé impaciente, mientras la analista terminaba
de revisar, sin poder hacer la llamada que tenía que hacer porque allí dentro
esta prohibido llamar, el tiempo pasaba. Me devuelven los papeles y me
recuerdan el tiempo que me queda, salgo corriendo del piso, prendo el teléfono
y hago la llamada, el auricular repica mientras tomo el ascensor, me contestan ¡Qué
suerte!, pido la información y en menos de 5 minutos ya la tenía en mi correo,
¡increíble!, pregunto a una señora de mantenimiento donde hay un sitio para
imprimir, me explica y salgo a la calle mientras sigue lloviznando, aprieto la
carpeta contra el pecho y comienzo, otra vez, a planear con mis zapatos de
suela sobre el piso mojado, llego al sitio de impresiones y un taciturno empleado
me indica una máquina para abrir el correo, entro a la pc y la página me pide enviar un código de seguridad a mi teléfono por
estar en una ubicación no habitual, pido que me envíe el código pero éste no
llega, miro el celular y no tiene señal, estoy en un sótano, corro a la
escalera mecánica dejando las carpetas sobre el mostrador, agarro señal, llega
el código y corro de vuelta para abrir el correo, el tiempo pasa inclemente. El
empleado me imprime el material ampliado, le digo que ampliado no sirve que por
favor lo haga tamaño normal, dos minutos más perdidos, dejo el dinero con
vuelto incluido sobre el mostrador, por suerte tenía efectivo, y salgo otra vez
a planear una cuadra hasta el consulado, subo al piso y aún está abierto, ¡lo
logré!, me hacen esperar 5 minutos y me llaman de la taquilla, con una sonrisa
la chica anexa el papel faltante y de pronto me dice:
─no puede ser ─siento un frio en la nuca y pregunto─
─¿Qué pasa?
─señor disculpe, le hace falta otro papel, ¿puede
volver el lunes?
Anailil
30-09-2017

