“El amor es siempre paciente y amable. Nunca es celoso. El amor nunca es jactancioso o presumido. Nunca es descortés o egoísta. No es ofensivo y no es resentido. El amor no toma placer de los pecados de las otras personas, pero se deleita de la verdad. Está siempre listo para perdonar, para confiar, para creer, para esperar, y para soportar lo que tenga que venir” Pasaje Bíblico versión de Nicholas Sparks.

Atardecer en Camoruco, Estado Aragua, Venezuela

Atardecer en Camoruco, Estado Aragua, Venezuela
Autor: C. Camacho 2009

miércoles, 28 de agosto de 2019

Horizonte 0125 Sueños

Sección: Pensamientos
Autor:     César Camacho
Tema:     Sueños
Año:       2019


Dícese del crimen universal, aquel que en manos del egoísmo se ha propuesto opacar los anhelos de la gente en nombre de la libertad; libertad que sólo se profesa con la oportunidad de llegar donde quieras llegar: los sueños no entienden de ideologías, son tan solo fervientes deseos de nuestros corazones; noble es la tarea de seguirlos y luchar por ellos, a fin de cuentas, mañana, no quedará tiempo para las rancias rencillas surgidas del ego en su afán por tener la razón. Vive, sueña, no hay nada más.

Anailil 28-08-2019

miércoles, 14 de agosto de 2019

Horizonte 0124 A mi manera

Sección: La Historia de mis Canciones
Autor:     César Camacho
Título:     A mi manera
Año:       2019

A mi manera – Arturo Sandoval (1982)

En aquel organizador negro de CDs, donde se acumula buena parte de mis pistas de juventud, hay un ejemplar titulado “El mejor trompeta del mundo”. Fue este unos de los primeros CDs que papá compró cuando el formato recién entraba en nuestras vidas. Aún recuerdo el primer reproductor de Compact Disc que ví por allá en 1991; era el Sony de mi tío Luis, una cosa ultramoderna que nos hacía sentir en el siglo XXI de sólo de pensar en el láser que lo tocaba; un aparato del tamaño de un decodificador de TV o de una consola de videojuegos moderna, con un panel frontal de botones al estilo cassettera. Un aparato elegante sin duda; luego papá compraría un Pioneer de similares características el cual, creo, aún hoy funciona. Desfilaron entonces, con la novedad, albumes de selecta música como el del Havana’s Soundtrack, y artistas como Jean Michel Jarré, Roberto Perera, Chick Korea, Alquimia Acústica y Spyro Gyra, entre otros. Papá se había encargado de bautizar la era laser, no sólo con música muy particular, sino con un ambiente singular en el cual el ritual de disfrutar un CD era la panacea de los domingos. De entre los momentos asociados, recuerdo como me llamaron la atención los elevados tonos del maestro Arturo Sandoval en “A mi manera”, cultura que de manera silente llegaba a mi mente siempre absorta por saber y disfrutar cada día más.

Anailil 14-08-2019

sábado, 10 de agosto de 2019

Horizonte 0123 Letras del yo migrante

Sección: Caminos de inmigrante
Autor:     César Camacho
Título:     Letras del yo migrante
Año:       2019

Hoy está de moda que cuando hablamos de migrar, nos referimos al éxodo transnacional, ese que ha surgido como exilio obligado de quien quiere llevar el pan a su familia; sin embargo, las migraciones existen desde siempre y en diversas escalas. De allí que en la historia contemporánea de Venezuela, solíamos estudiar en la escuela el famoso “éxodo rural”, aquel que se produjo con el auge de la industria petrolera a principios del siglo XX, y sobre el cual se hablaría luego de “sembrarlo” para “revertirlo”. En geografía, estudiamos un indicador llamado “saldo migratorio”, el cual puede ser negativo cuando la región, subregión o localidad expulsa población migrante, o, positivo, cuando dicho espacio es atractor de población. Muchos fuimos migrantes incluso antes de vivir éstos oscuros y taciturnos días de hoy, algún papá, mamá, tío, abuelo, primo, esposo, esposa, seguro debió viajar a otra región por un mejor empleo, por un mejor futuro, o por un sueño inconcluso. Mucha gente conocíamos en Caracas, por ejemplo, que venía desde Los Andes, Lara, Oriente, Zulia, Guayana, o Los Llanos. El 10 de septiembre de 2002, me llamaron para trabajar por primera vez en Aragua, y para mí, que soy nativo de la cercana Los Teques, a simple vista no parecía representar una gran diferencia o migración alguna, pero sí lo fue. Acostumbrado al promedio de temperatura de los Altos de Miranda y Caracas, donde la neblina solía meterse en el salón de mis clases de primaria, llegar a la Ciudad Jardín de Venezuela era como sentirse de pronto en una caldera, sudaba yo de la nada cuando entraba a las oficinas de la Federación Campesina donde comenzaba a trabajar en aquél entonces. Al hacerse la hora de almuerzo, más de una vez caminé sin sentido entre la Avenida Constitución y la Avenida Bolívar buscando algo que comer, las calles medio solitarias al mediodía, denotaban la antigua costumbre llanera de salir al caer la tarde, cuando las chicas buenamosas hacen gala de sus mejores colores al contornear las plazas de los pueblos. Fue así como conocí lugares como “La Sultana”, “Pollos La Mina”, “Pollos Tiuna” o “El Dragón Dorado”, sin sospechar que al callejear por aquella ciudad casi desconocida, osaba con encontrarme en medio de mi nuevo refugio de vida. Solía ir a pie desde los alrededores de “La Romana” hasta el centro, dejándome invadir por la calma de una ciudad cuya paz había conquistado al mismísimo Benemérito. Todo era diferente, pero a la vez delicioso, noble sentimiento de quien se siente bienvenido en su nuevo destino. La parte trasera del carro colapsaba llena de ropas, zapatos, equipos y demás artilugios que todo migrante lleva en la maleta. En aquel momento ese asiento era la maleta en la que llevé mi vida a una ciudad en la que, sin saberlo, habría de encontrar al amor y en la que nacerían mis retoños. Aquella amargura aprehendida durante una peregrinación al Santuario de la Madre María de San José, cuando en 5to año de bachillerato me robaron una chaqueta frente a la Maestranza César Girón, pronto fue diluída cuando a casi dos años de empezar a trabajar naciera en el mismo lugar la primera de mis hijas, pocos metros más allá. Fue así como fuí infiel por primera vez a la ciudad en la que nací, al hacerme, por propia voluntad, eterno maracayero de corazón. Emulando aquella teoría urbanística de la ciudad como órgano viviente, sírvan mis venas como antología de mis andares entre sus calles serenas de nobles atardeceres en los que, al néctar de la sencillez, siempre es grato disfrutar del fruto de la cebada a las puertas de un local enrejado con emblemas de oso y letras blancas grabadas sobre botellas de color ambar. ¿Que si le doy la cola para El Limón?, ¿Pero dónde queda eso? decía, cuando algún compañero me pedía un aventón mientras me explicaba que la vía para Ocumare era una autopista comparada con la de Choroní, pero ¿es que son dos distintas? preguntaba, mientras me explicaban que los “recoje locos” tocaban la corneta cuando se acercaban y a veces ocupaban todo el espacio de la calzada. La amarga aventura de ser migrante se hizo dulce bañándome en “Las Cocuizas” o en “Polvorín”, mientras las sombras de la tarde apaciguaban el calor de este “patio trasero apureño” bajo el follaje de los samanes de mi querida Aragua, donde alguna vez encontré y por siempre guardaré mi corazón.

Anailil 10-08-2019