Sección:
Caminos de inmigrante
Autor:
César Camacho
Título:
Letras del yo migrante
Año:
2019
Hoy
está de moda que cuando hablamos de migrar, nos referimos al éxodo
transnacional, ese que ha surgido como exilio obligado de quien
quiere llevar el pan a su familia; sin embargo, las migraciones
existen desde siempre y en diversas escalas. De allí que en la
historia contemporánea de Venezuela, solíamos estudiar en la
escuela el famoso “éxodo rural”, aquel que se produjo con el
auge de la industria petrolera a principios del siglo XX, y sobre el
cual se hablaría luego de “sembrarlo” para “revertirlo”. En
geografía, estudiamos un indicador llamado “saldo migratorio”,
el cual puede ser negativo cuando la región, subregión o localidad
expulsa población migrante, o, positivo, cuando dicho espacio es
atractor de población. Muchos fuimos migrantes incluso antes de
vivir éstos oscuros y taciturnos días de hoy, algún papá, mamá,
tío, abuelo, primo, esposo, esposa, seguro debió viajar a otra
región por un mejor empleo, por un mejor futuro, o por un sueño
inconcluso. Mucha gente conocíamos en Caracas, por ejemplo, que
venía desde Los Andes, Lara, Oriente, Zulia, Guayana, o Los Llanos.
El 10 de septiembre de 2002, me llamaron para trabajar por primera
vez en Aragua, y para mí, que soy nativo de la cercana Los Teques, a
simple vista no parecía representar una gran diferencia o migración
alguna, pero sí lo fue. Acostumbrado al promedio de temperatura de
los Altos de Miranda y Caracas, donde la neblina solía meterse en el
salón de mis clases de primaria, llegar a la Ciudad Jardín de
Venezuela era como sentirse de pronto en una caldera, sudaba yo de la
nada cuando entraba a las oficinas de la Federación Campesina donde
comenzaba a trabajar en aquél entonces. Al hacerse la hora de
almuerzo, más de una vez caminé sin sentido entre la Avenida
Constitución y la Avenida Bolívar buscando algo que comer, las
calles medio solitarias al mediodía, denotaban la antigua costumbre
llanera de salir al caer la tarde, cuando las chicas buenamosas hacen
gala de sus mejores colores al contornear las plazas de los pueblos.
Fue así como conocí lugares como “La Sultana”, “Pollos La
Mina”, “Pollos Tiuna” o “El Dragón Dorado”, sin sospechar
que al callejear por aquella ciudad casi desconocida, osaba con
encontrarme en medio de mi nuevo refugio de vida. Solía ir a pie
desde los alrededores de “La Romana” hasta el centro, dejándome
invadir por la calma de una ciudad cuya paz había conquistado al
mismísimo Benemérito. Todo era diferente, pero a la vez delicioso,
noble sentimiento de quien se siente bienvenido en su nuevo destino.
La parte trasera del carro colapsaba llena de ropas, zapatos, equipos
y demás artilugios que todo migrante lleva en la maleta. En aquel
momento ese asiento era la maleta en la que llevé mi vida a una
ciudad en la que, sin saberlo, habría de encontrar al amor y en la
que nacerían mis retoños. Aquella amargura aprehendida durante una
peregrinación al Santuario de la Madre María de San José, cuando
en 5to año de bachillerato me robaron una chaqueta frente a la
Maestranza César Girón, pronto fue diluída cuando a casi dos años
de empezar a trabajar naciera en el mismo lugar la primera de mis
hijas, pocos metros más allá. Fue así como fuí infiel por primera
vez a la ciudad en la que nací, al hacerme, por propia voluntad,
eterno maracayero de corazón. Emulando aquella teoría urbanística
de la ciudad como órgano viviente, sírvan mis venas como antología
de mis andares entre sus calles serenas de nobles atardeceres en los
que, al néctar de la sencillez, siempre es grato disfrutar del fruto
de la cebada a las puertas de un local enrejado con emblemas de oso y
letras blancas grabadas sobre botellas de color ambar. ¿Que si le doy
la cola para El Limón?, ¿Pero dónde queda eso? decía, cuando algún
compañero me pedía un aventón mientras me explicaba que la vía
para Ocumare era una autopista comparada con la de Choroní, pero ¿es
que son dos distintas? preguntaba, mientras me explicaban que los
“recoje locos” tocaban la corneta cuando se acercaban y a veces
ocupaban todo el espacio de la calzada. La amarga aventura de ser
migrante se hizo dulce bañándome en “Las Cocuizas” o en
“Polvorín”, mientras las sombras de la tarde apaciguaban el
calor de este “patio trasero apureño” bajo el follaje de los
samanes de mi querida Aragua, donde alguna vez encontré y por
siempre guardaré mi corazón.
Anailil
10-08-2019