Sección:
Caminos de inmigrante
Autor:
César Camacho
Título:
Viejo nuevo mundo
Año:
2019
El
migrante es una valuarte de la aventura; cuando eres migrante has de
estar dispuesto a todo, a hacer de todo, a esperar de todo. Por allí
alguien muy apreciado me compartía un artículo en memoria de
Alexander Von Humboldt, autor que en su obra ¨Viaje a las regiones
equinocciales del Nuevo Mundo” describe magistralmente todo lo que
sus sentidos capturaron al recorrer, junto a Bompland, parte de
nuestra hoy siempre hermosa Venezuela. ¿Podríamos imaginar a estos
dos señores adentrarse en la Serranía de Caripe para explorar la
Cueva del Guácharo, ascender a la Silla de Caracas, o navegar aguas
arriba el Orinoco hasta el Brazo Casiquiare empleando tecnología del
Siglo XVIII?. Es evidente que esto no es una historia de migración,
sino de investigación, pero el reto de sobrevivir al otro lado del
mundo por una causa noble es un punto grato de rescatar, sobre todo
cuando a juro, y en volandas, los hijos de esas tierras nos hemos
visto obligados a alcanzar cada latitud y longitud de este planeta.
Somos los valientes dignos de atrevernos a aprovechar la virtudes del
caos, siempre dispuestos a entender que vivimos en un mundo que es de
todos, donde todo lo que pasa nos afecta a todos; sea la bendición
de nuestra diáspora la de lanzarnos a conocer el mundo, por aprender
y por sobrevivir, haciéndonos más concientes de lo que rige más
allá del terruño, haciendo piso e intelecto para quererlo aún más.
Seremos los nuevos Humboldt venezolanos, aprendiendo del mundo para
el mundo. Terminaba de entregar mi último pedido como repartidor
aquella noche, la plataforma me habia dejado en el Poble Sec, barrio
del cantautor Joan Manuel Serrat, voz de mis historias de niño; paré
en un paki por una estrella de esas catalanas tan típicas de aquí,
y al sabor del lúpulo subí a mi Mérida (la marca de mi bici,
¿casualidad?) y bajé por la Avenida del Paralelo hasta el Monumento
a Colón, poco me han bastado 7 meses para dejar de sentirme turista
en ésta ciudad donde, a cada tanto, he de colar alguna foto cómplice
de mis aventuras en las “Regiones boreales del Viejo Mundo”.
Retratado Colón, recorro el puerto copado de yates hasta llegar al
barrio de La Barceloneta, son las 11:30 pm y agradezco el haber
tomado un camino distinto para ir a “casa”, las llantas de la
Mérida engoman la losa sembrada junto a las palmeras mientras veo
como la luna, casi llena, se deja reflejar tímidamente sobre las
mansas aguas del Mediterráneo. Freno la bici y al detenerme, ya con
el móvil en mano para retratar el momento, observo como, a la sombra
de las palmeras, una decena de personas sin hogar acampan envueltos
en mantas, mientras, en la orilla, turistas enamorados se besan a la
luz de uno de los más románticos paisajes que mis pupilas han
grabado jamás. Capturo la imagen, y no puedo dejar de pensar si
alguno de esos bultos en la arena es de algún paisano errante de la
crisis, una pesadilla sin fin nacida de un egoísmo que se diluye con
las maravillas de un paisaje que no conoce de ideologías, ni de
rancias rencillas que no demuestran nada a nadie. Recorro con deleite
todo el paseo marítimo de Barcelona mirando romántico los
chiringuitos con sus velas encendidas a la luz de la luna, y yo, tal
cual venezolano orgulloso, enciendo la app de música en el móvil
mientras pedaleo mezclando los viejos tiempos con los nuevos. Se me
termina el paseo, cojo la ciclovía hacia el oeste buscando tierras
más altas para cruzar la "Diagonal", me detengo entre las
vías del tranvía mientras el semaforo de bicis está en rojo, al
llegar el verde ínco una vez más la vieja pedalera para terminar de
cruzar la avenida, suena “Amiga” de Maelo Ruiz y una chica
bonita, que recién cruzaba el paso de cebra frente a mí, sonríe, y
sin voltear a mirarme, no más quizá por el rabillo del ojo, se
pierde en la noche. Las llantas se combinan con el ronquido de la
vieja cadena al pedalear, mientras el ritmo de la vieja salsa te
invita a soñar, que estás en casa, una vez más.
Anailil
16-09-2019