“El amor es siempre paciente y amable. Nunca es celoso. El amor nunca es jactancioso o presumido. Nunca es descortés o egoísta. No es ofensivo y no es resentido. El amor no toma placer de los pecados de las otras personas, pero se deleita de la verdad. Está siempre listo para perdonar, para confiar, para creer, para esperar, y para soportar lo que tenga que venir” Pasaje Bíblico versión de Nicholas Sparks.

Atardecer en Camoruco, Estado Aragua, Venezuela

Atardecer en Camoruco, Estado Aragua, Venezuela
Autor: C. Camacho 2009

lunes, 16 de septiembre de 2019

Horizonte 0129 Viejo nuevo mundo

Sección: Caminos de inmigrante
Autor:    César Camacho
Título:    Viejo nuevo mundo
Año:      2019 
 
El migrante es una valuarte de la aventura; cuando eres migrante has de estar dispuesto a todo, a hacer de todo, a esperar de todo. Por allí alguien muy apreciado me compartía un artículo en memoria de Alexander Von Humboldt, autor que en su obra ¨Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Mundo” describe magistralmente todo lo que sus sentidos capturaron al recorrer, junto a Bompland, parte de nuestra hoy siempre hermosa Venezuela. ¿Podríamos imaginar a estos dos señores adentrarse en la Serranía de Caripe para explorar la Cueva del Guácharo, ascender a la Silla de Caracas, o navegar aguas arriba el Orinoco hasta el Brazo Casiquiare empleando tecnología del Siglo XVIII?. Es evidente que esto no es una historia de migración, sino de investigación, pero el reto de sobrevivir al otro lado del mundo por una causa noble es un punto grato de rescatar, sobre todo cuando a juro, y en volandas, los hijos de esas tierras nos hemos visto obligados a alcanzar cada latitud y longitud de este planeta. Somos los valientes dignos de atrevernos a aprovechar la virtudes del caos, siempre dispuestos a entender que vivimos en un mundo que es de todos, donde todo lo que pasa nos afecta a todos; sea la bendición de nuestra diáspora la de lanzarnos a conocer el mundo, por aprender y por sobrevivir, haciéndonos más concientes de lo que rige más allá del terruño, haciendo piso e intelecto para quererlo aún más. Seremos los nuevos Humboldt venezolanos, aprendiendo del mundo para el mundo. Terminaba de entregar mi último pedido como repartidor aquella noche, la plataforma me habia dejado en el Poble Sec, barrio del cantautor Joan Manuel Serrat, voz de mis historias de niño; paré en un paki por una estrella de esas catalanas tan típicas de aquí, y al sabor del lúpulo subí a mi Mérida (la marca de mi bici, ¿casualidad?) y bajé por la Avenida del Paralelo hasta el Monumento a Colón, poco me han bastado 7 meses para dejar de sentirme turista en ésta ciudad donde, a cada tanto, he de colar alguna foto cómplice de mis aventuras en las “Regiones boreales del Viejo Mundo”. Retratado Colón, recorro el puerto copado de yates hasta llegar al barrio de La Barceloneta, son las 11:30 pm y agradezco el haber tomado un camino distinto para ir a “casa”, las llantas de la Mérida engoman la losa sembrada junto a las palmeras mientras veo como la luna, casi llena, se deja reflejar tímidamente sobre las mansas aguas del Mediterráneo. Freno la bici y al detenerme, ya con el móvil en mano para retratar el momento, observo como, a la sombra de las palmeras, una decena de personas sin hogar acampan envueltos en mantas, mientras, en la orilla, turistas enamorados se besan a la luz de uno de los más románticos paisajes que mis pupilas han grabado jamás. Capturo la imagen, y no puedo dejar de pensar si alguno de esos bultos en la arena es de algún paisano errante de la crisis, una pesadilla sin fin nacida de un egoísmo que se diluye con las maravillas de un paisaje que no conoce de ideologías, ni de rancias rencillas que no demuestran nada a nadie. Recorro con deleite todo el paseo marítimo de Barcelona mirando romántico los chiringuitos con sus velas encendidas a la luz de la luna, y yo, tal cual venezolano orgulloso, enciendo la app de música en el móvil mientras pedaleo mezclando los viejos tiempos con los nuevos. Se me termina el paseo, cojo la ciclovía hacia el oeste buscando tierras más altas para cruzar la "Diagonal", me detengo entre las vías del tranvía mientras el semaforo de bicis está en rojo, al llegar el verde ínco una vez más la vieja pedalera para terminar de cruzar la avenida, suena “Amiga” de Maelo Ruiz y una chica bonita, que recién cruzaba el paso de cebra frente a mí, sonríe, y sin voltear a mirarme, no más quizá por el rabillo del ojo, se pierde en la noche. Las llantas se combinan con el ronquido de la vieja cadena al pedalear, mientras el ritmo de la vieja salsa te invita a soñar, que estás en casa, una vez más.

Anailil 16-09-2019

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