Sección:
Caminos de inmigrante
Autor:
César Camacho
Título:
Cosas del ambiente
Año:
2019
Más
que en el turismo, el aprendizaje del migrante al vivir en otra
cultura es invaluable. Es el bendito método científico haciendo
gala otra vez de sus artificios. A veces hay flagelos que se vuelven
cultura al ser cotidianos, y de allí que a veces, para los propios,
parece, normal; sea éste quizá, el camino de tradiciones como la
tauromaquia, la ablación genital o el código islámico impuesto a
la mujer, los cuales con el tiempo tienden a ser: “normales”. Es
allí donde gana valor, el criterio propio investigativo, ese de
conocer por curiosidad para aprender. Durante mis tempranos años de
ejercicio profesional, aspectos clave como el control de la frontera
agrícola, ó, más tarde, la gesta de una minería menos “agresiva”
con el medio ambiente, se me vendieron como objetivos de menor valor
los cuales podrían ser revisados, después. Es en la práctica,
donde el ejercicio de una política medioambiental justa cobra su
valor, y no en la redacción de instrumentos legales diseñados para
impulsar modelos políticos-ideológicos. Durante años se vendió,
como, “normal”, que un instrumento de tierras otorgado por el
ente regulador venezolano, podía ser publicado sin estudio alguno
que analizara el impacto ambiental generado por incentivar nuevos
desarrollos en áreas vírgenes o con otra tradición de cultivo.
Durante años se vendió la idea de que “arcos” y nuevas áreas
protegidas justificarían, o disfrazarían, el impacto de la minería
ilegal en Venezuela. El Desarrollo del medio rural venezolano, y el
de cualquier otro país, requiere de un nivel de evaluación técnica
profesional acorde con la complejidad de los modelos sugeridos. De
nada sirve vender la salvación del planeta y de la raza humana en
nombre de una doctrina política, cuando en la práctica, no se
cumple ni apenas la mínima parte de lo formulado; son solo trazos en
un papel impresos para ganar pleitecías a expensas de los bolsillos
de alguien, o del futuro empeñado de nuestros hijos. Se hace de
noche y las luces del parque dan paso a las breves sombras veraneras
que separan una jornada de otra mejor. Al rodear la esquina, cinco
contenedores con tapas de diferente color, esperan para ser vaciados,
como sucede cada día cuando llega por ellos su camión respectivo,
sí, en efecto, uno para cada tipo de desecho. No se porqué, por
cultura?, pero cuesta un poco acostumbrase a diversificar la basura:
verde para el vidrio, azul para el cartón, amarillo para el
plástico, marrón para orgánicos, gris para todo lo demás, eso por
no hablar de lo contenedores, generalmente naranja, para recojer los
escombros de la construcción. Un sistema de recolección de desechos
para cada tipo de desecho, una inversión millonaria en medio
ambiente que ya quisieramos emular al sur del Orinoco, y al norte, y
en todos sentidos cardinales de nuestra Patria. Realidad que se hace
cultura al recorrer, con soltura, un planeta que no sabe de
ideologías, solo de armonía, y de equilibrio.
Anailil
30-07-2019
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