Sección:
Caminos de inmigrante
Autor:
César Camacho
Título:
Un médico y cuantas vidas
menos
Año: 2019
Año: 2019
Ese
mes me habían colocado un servicio en un parking que no conocía, me
instruyeron buscar las llaves en una dependencia de la empresa al
otro lado de la ciudad, y yo, como buen planificador, quería hacerlo
con tiempo, ya que ese finde no tendría mucho tiempo de descanso.
Como siempre que no lograba dormir bien, mi deseo no era sino
quedarme en la cama hasta la hora de ir al servicio. Llovía a
cantaros, y mi plan de ir en bicicleta y ahorrar el pasaje se había
diluído, ávida cuenta que tiendo a enfermar con la humedad; pero si
hay algo que me caracteriza es que no puedo descansar si sé que hay
algo urgente que hacer. Limpio el baño y el piso del apartamento, me
baño y salto a la calle a buscar las llaves, tomo el metro y al
salir de nuevo a la calle veo que sigue lloviendo, ese día llovía
en toda Barcelona. Tras recoger las llaves en la empresa, recojo mis
pasos mientras la lluvia arrecia hasta obligarme a detenerme en una
esquina a medio camino del metro. Miro a mis espaldas y tengo uno de
tantos bares, invitandome a tomar algo caliente y esperar que amaine;
aún faltaban varias horas para mi turno asi que dije: que más dá,
y entré al local. Pedí un “americano” y una chica muy joven,
tras saludar con el tradicional “hola” que se dice en España
(holaaa...), le contesta a su compañera con la frase “ya veremos
como hacemos”; yo me siento en la barra y le pregunto:
-
¿Eres venezolana? - indagué con el ojo entreabierto.
- Sí!, ¿usted también verdad? - replicó con poca sorpresa.
- Claro, esa frase es inconfundible! - añadí, y comenzamos a hablar de la lluvia y el tiempo.
- Sí!, ¿usted también verdad? - replicó con poca sorpresa.
- Claro, esa frase es inconfundible! - añadí, y comenzamos a hablar de la lluvia y el tiempo.
Tras
escucharla hablar unos minutos y escuchar sus modismos españoles,
posible indicativo de su tiempo como emigrante, indagué:
-
¿Llevas tiempo acá?.
- ¡Tengo año y medio, me vine con 19 años! - aclaró mientras seguía secando los vasos tras la barra.
- ¿Y que tal te ha ido?, ¿cómo te sientes?
- Bien - contestó con serenidad - es lo más prudente que pude hacer, mi esposo tiene nacionalidad italiana y ya pudimos arrendar un piso para nosotros, entre los dos nos apañamos bien y hemos podido ayudar a nuestras familias.
- Ayudar es lo principal - añadí, y agregué ávido de conversar: - tengo una hija que pronto cumplirá 15 años, y lo más fuerte es que aún trabajando aquí, no va a ser mucho lo que podré regalarle, ¡Venezuela está dolarizada y la remesas no alcazan! - marqué con preocupación y comenté por decir cualquier cosa: - ella quiere estudiar medicina, pero en tales condiciones no se si eso será posible, y lo peor, ¡lleva promedio de 19!.
- ¡Tengo año y medio, me vine con 19 años! - aclaró mientras seguía secando los vasos tras la barra.
- ¿Y que tal te ha ido?, ¿cómo te sientes?
- Bien - contestó con serenidad - es lo más prudente que pude hacer, mi esposo tiene nacionalidad italiana y ya pudimos arrendar un piso para nosotros, entre los dos nos apañamos bien y hemos podido ayudar a nuestras familias.
- Ayudar es lo principal - añadí, y agregué ávido de conversar: - tengo una hija que pronto cumplirá 15 años, y lo más fuerte es que aún trabajando aquí, no va a ser mucho lo que podré regalarle, ¡Venezuela está dolarizada y la remesas no alcazan! - marqué con preocupación y comenté por decir cualquier cosa: - ella quiere estudiar medicina, pero en tales condiciones no se si eso será posible, y lo peor, ¡lleva promedio de 19!.
La
chica se sonríe y me dice:
-
¿Yo estudiaba medicina en la Universidad de Oriente, sabes cuál es?
- Claro, tengo amigos de la UDO - le dije devolviendo la sonrisa.
- Yo llevaba promedio de 20, pero pasaba el día sin comer porque no tenía dinero y el comedor ya había dejado de funcionar, le mentía a mi mamá diciéndole que iba al comedor, con eso esperaba que a ella le rindiera más la comida para mis dos hermanos menores. Yo abandoné la carrera después de aprobar el segundo año y me vine por necesidad, ya no podíamos sobrevivir, en Ciudad Bolívar, ya no queda transporte público y no podíamos ya ni reparar el carro de mi papá para podernos mover.
- Claro, tengo amigos de la UDO - le dije devolviendo la sonrisa.
- Yo llevaba promedio de 20, pero pasaba el día sin comer porque no tenía dinero y el comedor ya había dejado de funcionar, le mentía a mi mamá diciéndole que iba al comedor, con eso esperaba que a ella le rindiera más la comida para mis dos hermanos menores. Yo abandoné la carrera después de aprobar el segundo año y me vine por necesidad, ya no podíamos sobrevivir, en Ciudad Bolívar, ya no queda transporte público y no podíamos ya ni reparar el carro de mi papá para podernos mover.
Yo,
nunca acostumbrado a éstas historias, le pregunté:
-
¿Y extrañas estudiar medicina?
- Un poco, pero ahora me siento bien - contestó satisfecha - tengo un trabajo y un buen lugar para vivir, puedo comer bien y ayudar a los míos. Al principio no sabía ni hacer un café!, se me rompían las tazas, era un desastre!, pero ya hoy puedo llevar sola el bar en el turno de la mañana, ¡soy buena para aprender! - señaló orgullosa.
- Un poco, pero ahora me siento bien - contestó satisfecha - tengo un trabajo y un buen lugar para vivir, puedo comer bien y ayudar a los míos. Al principio no sabía ni hacer un café!, se me rompían las tazas, era un desastre!, pero ya hoy puedo llevar sola el bar en el turno de la mañana, ¡soy buena para aprender! - señaló orgullosa.
Había
pasado un rato, no amainaba y debía ir a terminar la faena antes de
comenzar mi turno, estaba preocupado también por distraer más a
aquella chica que me había dedicado tiempo de conversación, no le
fueran a llamar la atención; así que, impactado emocionalmente, me
despedí prometiendo volver otro día a tomar un café. Salgo a la
calle bajo la lluvia y camino una manzana, cuando de pronto, caigo en
cuenta que ¡no había pagado el café!, ¡tan metido en la historia yo
estaba!, y tan triste me sentía. Regreso corriendo mis pasos y entro
a la cafetería exclamando por lo bajo:
-
¡No te pagué el café!.
Y
ella, sin rostro de sorpresa me contesta:
-
No te preocupes, yo invito.
- ¿No pero cómo? - insistí con las monedas en la mano - por favor dime cuanto es, ¡que pena!
- No es nada, es un regalo.
- ¿No pero cómo? - insistí con las monedas en la mano - por favor dime cuanto es, ¡que pena!
- No es nada, es un regalo.
Sorprendido,
le dije:
-
El próximo lo brindaré yo, ¿vale? - y aún con el corazón colgando
del brazo, salí de nuevo a la calle.
Anailil
17-05-2019
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