Sección:
Caminos de inmigrante
Autor:
César Camacho
Título:
Entre dos mundos
Año: 2019
Año: 2019
Era
mi dia libre y me habian cambiado de horario, al día siguiente
iniciaba una corrida de 6 días de 12 horas en turno de noche.
Mientras terminaba de cocinar, lavar y planchar lo necesario para
aligerar los días que venían, pensaba en cómo podría llevar mejor
el cambio de turno, el cual si bien ya me había tocado antes
invertir, seguía siendo tortuoso de adaptar. Decidí que lo mejor
era, tras pasar por “Liberty” a enviar a Venezuela las medicinas
de mi hija, esas que no se consiguen allá, podría darme un paseo
por el que, hasta ahora, ha sido mi barrio favorito de Barcelona,
Villa de Gracia; como siempre yo buscando la geografía a través de
los pies, andando como un loco hasta más no poder. Como parte de ese
itinerario inventado, elegí pasar primero por un bar catalán de
dominó para sentirme más en casa, allá Jhon, Jhonny, Jacky y
Juanita sabrán de que hablo; estándo allí y tras notar que nadie
me invitó a jugar, habían no menos de 10 mesas activas de dominó
pero todas entre gente que se conocía entre sí, me puse a otear el
móvil, cuando, de pronto, me llega una alerta de la aplicación “Too
good to go”, la cual me habían recomendado en un grupo de face,
pero no me había arriesgado aún a probar. Dicha aplicación, a mi
parecer, tiene un propósito muy noble, el de rescatar, al menos, un
porcentaje de la comida que diariamente se desecha en una de las
ciudades con más intensa resturación en toda Europa; a través de
ella pagas una fracción módica por un “paquete sorpresa” con
los “restantes” del día, los cuales, de otro modo, irían a
parar a la basura. Supe entonces que una pizzería a unas pocas
cuadras, liberaría una venta en un par de horas, yo estaba cerca, y,
habiendo decido acostarme lo mas tarde posible para poder invertir el
turno de sueño, decidí arriesgarme a usarla cuando menos por un
buen propósito, noble empresa la de pensar en todos aquellos que hoy
no tienen nada que comer. Acto seguido, salí del dominó, triste por
no haber jugado pero a la vez contento por haber escuchado las piezas
rechinar, caminé por las estrechas callejuelas de Villa de Gracia,
un casco urbano de carácter pre-industrial el cual fue conurbado con
la gran Barcelona como parte del ensache planificado a finales del
siglo XIX. Llegué a la Plaza de la Revolución, y tras ver de reojo
la pizzería y notar que aún quedaba tiempo para recoger el pedido,
continué callejeando las manzanas que alrededor conforman la
estructura de la Villa y entré en un pequeño bar, donde, al pedir
“una caña” me han servido una Urquell checa, la cual recomiendo
con premura, esquisito privilegio el de restaurar aún cuando a
muchos, alrededor del mundo, no les queda mas que mendigar. Terminada
la Pilsener, se hizo la hora de ir por mi pedido, y, de vuelta en la
plaza, entré al local con mi recibo electrónico abierto en el
móvil. Muy corteses los chicos me despacharon una caja de pizzería
con 6 “slices” diferentes dentro, parte del restante del día.
Salí a la calle y seguí callejeando comiendo un pedazo de pizza a
la vez, frios todos ellos como una noche de la Barcelona primaveral,
pero gustosos por el valor aprendido de la carencia prolongada.
Seguía yo avanzando por las calles y muchos al pasar, me miraban
como quien recién ha recogido las sobras del trasto de la basura, y
digo yo, sí, estaban frías, pero eran mías y no me las habían
regalado, las he pagado con mi salario, las he ganado, no las he
pedido, no he tenido que anotarme en ninguna lista ni esperarlas en
una bolsa, esa noche me comí una pizza como la que tantas veces, en
tiempos recientes no pude comer. Rescaté comida de un sistema que
desperdicia los recursos a diario pero que al mismo tiempo trata de
que todos coman, historia de dos mundos que termina con el último
“slice” frente al contenedor de basura para reciclar que dice
“cartón”, abrí la tapa, arrojé la caja, y me perdí en la
noche.
Anailil
13-06-2019
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