Sección:
Caminos de inmigrante
Autor: César Camacho
Título: Moreneta
Año: 2020
Mis
primeros recorridos por Cataluña, me han llevado a los clásicos del
turismo local ofertado en postales de todo el mundo. No por menos,
muchos de sus rincones pasan por la clásica foto colgada en las
redes sociales, sin reflexionar sobre esa “otra historia”
subyacente que me gusta buscar. Siempre adepto a la naturaleza y la
experiencia rural, agendo entre mi horario de sobreviviente la lógica
excursión al Monasterio de Montserrat, ubicado cerca de la población
de Manresa a una hora de la bulliciosa, cosmopolita y fascinante
Barcelona. Quería hacer turismo a mi manera, así que opté por
vivir la experiencia de subir el macizo a pie, a la usanza de quienes
en su fervor religioso construyeron un monasterio arriba en la roca.
Fue así como un día bochornoso del verano mediterráneo, madrugué
para tomar el tren “R5” Manresa-Baixador de la FGC (Ferrocarriles
de la Generalitat de Cataluña) en la estación de Plaza España.
Salir de Barcelona ciudad hacia el interior, pasa, al comienzo, por
atravesar un amplia franja industrial que poco atractivo aporta al
paisaje, más allá de analizar como éste ha sido transformado en
menos de dos siglos de historia moderna. El tren avanza de un poblado
a otro hasta divisarse, a lo lejos, afloramientos de arenisca y
conglomerados con caprichosas formas que amenazan con “pinchar”
el cielo. Los rieles serpentean entre túneles y colinas bordeando un
macizo cuyo color blanquecino domina el panorama, mientras, ya un
poco más cerca, es posible divisar la sorprendente estructura
emplazada a unos dos tercios de altura de la cota más alta visible,
menudo lugar para construir. Los modernos frenos detienen el tren
frente a la estación de Monistrol de Montserrat, me apeo curioso y
salgo atravesando una pequeña construcción de dos pisos que hace
las veces de control de salida, me veo a mi mismo frente a un paisaje
de tejados pintados sobre un cuadro de gramíneas y rocas. Tras
“opturar” el móvil un par de veces, comienzo a callejear siempre
en dirección a la montaña; al andar algunas manzanas, un par de
lugareños me saluda con cordialidad añadida a la usual de la urbe,
grata sorpresa con la que te recibe la conservadora Cataluña rural;
cruzo el puente sobre el río Llobregat para dar de frente con un
paseo por el cual discurre el antiguo acueducto de Monistrol. Avanzo
por las sinuosas calles de origen pre-industrial antes de terminar
frente a la “Plaza de la fuente grande”, donde comienza el “Atajo
de los tres cuartos” que me llevaría al monasterio. Comienzo el
sendero entre potreros de caprinos y caminos de tierra, para luego
ascender por un paisaje de vegetación herbácea silvestre y a ratos
arbustiva hasta ir, poco a poco, y sin darme cuenta, rodeándome de
aquella roca tan llamativa, algo completamente nuevo para mí. Abajo,
el fondo del valle se hizo más chico, como si fuera un diorama
pintado en acuarela por los niños que antaño descubrieron a la
vírgen allá en lo alto. Continúo el ascenso, ahora a cubierto del
sol por una sección de bosque que oculta la transición final del
paisaje del valle al del macizo. El camino, en su mayoría de no más
de tres metros de ancho, se estabiliza al alcanzar un recodo con roca
a ambos lados, un par de vueltas más y se abre la vista definitiva
del viaje, estás en medio de la roca, literalmente. Aún no veo el
complejo del monasterio por estar éste a mis espaldas con una
abrupta pendiente de diferencia, cuando diviso, a medio kilómetro de
distancia, la Ermita de la Santa Cueva, el emplazamiento original
donde se reportó la aparición de la vírgen en el año 880 d.c.; la
ubicación de la capilla es sorprendente, recuerda, guardando
distancias, los monasterios budistas nepalíes, inexplicablemente
enclavados en la roca. El camino que se desvía desde el sendero
principal hacia la Santa Cueva, está visiblemente excavado en la
roca y acompañado por esculturas que representan al Vía
Crucis,
destacando, en primer plano, la estación de la crucifixión. Desde
la intersección a la Santa Cueva ya es breve el camino al
monasterio, tras cruzar la vía del tren cremallera y pasar frente a
la estación del teleférico que comunica con el valle, es posible
visitar la Basílica y el museo, incluyendo la imagen original de La
Moreneta, como se apoda cariñosamente a la patrona. Lo interesante
de saludar a la imagen se me hace difícil por la fila de visitantes
en espera para acceder al altar donde se ubica. Cansado por andar un
desnivel de más de seiscientos metros, me conformo con disfrutarla
desde la nave principal del templo, admirando a la vez su frondosa
estructura, candelabros y altares. Contento por la experiencia salgo
al descampado frente al templo y visualizo, al final del tercio
faltante de altura, parte del conjunto de ermitas, cruces, murallas y
caminerías construidas en lo más alto. El sol declinaba, decido
comenzar el descenso y al llegar a la desviación para la Santa
Cueva, pienso ¿que más dá?, y me aventuro a recorrer aquel sendero
mágico que me recibió al salir del bosque por la mañana. Una a
una, observo con embeleso las esculturas del Via
Crucis
cuidadosamente dispuestas a cada tanto en grutas y recodos del
camino, hasta que, al final, aparece de cerca esa increíble ermita
adosada a la roca. Al ponerme de pie en la entrada, asomo la cabeza
por la barandilla y no alcanzo a ver el fondo, siento que en
cualquier momento puedo irme de bruces mareado por la altura y la
pendiente. Absorto, reflexiono acerca de cómo la fé puede lograr
las cosas más sorprendentes, y es que allí, al entrar, sentada en
su altar, estaba una réplica de La Moreneta, esperándome
pacientemente, para escuchar.
Anailil
23-03-2020
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