“El amor es siempre paciente y amable. Nunca es celoso. El amor nunca es jactancioso o presumido. Nunca es descortés o egoísta. No es ofensivo y no es resentido. El amor no toma placer de los pecados de las otras personas, pero se deleita de la verdad. Está siempre listo para perdonar, para confiar, para creer, para esperar, y para soportar lo que tenga que venir” Pasaje Bíblico versión de Nicholas Sparks.

Atardecer en Camoruco, Estado Aragua, Venezuela

Atardecer en Camoruco, Estado Aragua, Venezuela
Autor: C. Camacho 2009

lunes, 23 de marzo de 2020

Horizonte 0145 Moreneta

Sección: Caminos de inmigrante
Autor:     César Camacho
Título:     Moreneta
Año:       2020

Mis primeros recorridos por Cataluña, me han llevado a los clásicos del turismo local ofertado en postales de todo el mundo. No por menos, muchos de sus rincones pasan por la clásica foto colgada en las redes sociales, sin reflexionar sobre esa “otra historia” subyacente que me gusta buscar. Siempre adepto a la naturaleza y la experiencia rural, agendo entre mi horario de sobreviviente la lógica excursión al Monasterio de Montserrat, ubicado cerca de la población de Manresa a una hora de la bulliciosa, cosmopolita y fascinante Barcelona. Quería hacer turismo a mi manera, así que opté por vivir la experiencia de subir el macizo a pie, a la usanza de quienes en su fervor religioso construyeron un monasterio arriba en la roca. Fue así como un día bochornoso del verano mediterráneo, madrugué para tomar el tren “R5” Manresa-Baixador de la FGC (Ferrocarriles de la Generalitat de Cataluña) en la estación de Plaza España. Salir de Barcelona ciudad hacia el interior, pasa, al comienzo, por atravesar un amplia franja industrial que poco atractivo aporta al paisaje, más allá de analizar como éste ha sido transformado en menos de dos siglos de historia moderna. El tren avanza de un poblado a otro hasta divisarse, a lo lejos, afloramientos de arenisca y conglomerados con caprichosas formas que amenazan con “pinchar” el cielo. Los rieles serpentean entre túneles y colinas bordeando un macizo cuyo color blanquecino domina el panorama, mientras, ya un poco más cerca, es posible divisar la sorprendente estructura emplazada a unos dos tercios de altura de la cota más alta visible, menudo lugar para construir. Los modernos frenos detienen el tren frente a la estación de Monistrol de Montserrat, me apeo curioso y salgo atravesando una pequeña construcción de dos pisos que hace las veces de control de salida, me veo a mi mismo frente a un paisaje de tejados pintados sobre un cuadro de gramíneas y rocas. Tras “opturar” el móvil un par de veces, comienzo a callejear siempre en dirección a la montaña; al andar algunas manzanas, un par de lugareños me saluda con cordialidad añadida a la usual de la urbe, grata sorpresa con la que te recibe la conservadora Cataluña rural; cruzo el puente sobre el río Llobregat para dar de frente con un paseo por el cual discurre el antiguo acueducto de Monistrol. Avanzo por las sinuosas calles de origen pre-industrial antes de terminar frente a la “Plaza de la fuente grande”, donde comienza el “Atajo de los tres cuartos” que me llevaría al monasterio. Comienzo el sendero entre potreros de caprinos y caminos de tierra, para luego ascender por un paisaje de vegetación herbácea silvestre y a ratos arbustiva hasta ir, poco a poco, y sin darme cuenta, rodeándome de aquella roca tan llamativa, algo completamente nuevo para mí. Abajo, el fondo del valle se hizo más chico, como si fuera un diorama pintado en acuarela por los niños que antaño descubrieron a la vírgen allá en lo alto. Continúo el ascenso, ahora a cubierto del sol por una sección de bosque que oculta la transición final del paisaje del valle al del macizo. El camino, en su mayoría de no más de tres metros de ancho, se estabiliza al alcanzar un recodo con roca a ambos lados, un par de vueltas más y se abre la vista definitiva del viaje, estás en medio de la roca, literalmente. Aún no veo el complejo del monasterio por estar éste a mis espaldas con una abrupta pendiente de diferencia, cuando diviso, a medio kilómetro de distancia, la Ermita de la Santa Cueva, el emplazamiento original donde se reportó la aparición de la vírgen en el año 880 d.c.; la ubicación de la capilla es sorprendente, recuerda, guardando distancias, los monasterios budistas nepalíes, inexplicablemente enclavados en la roca. El camino que se desvía desde el sendero principal hacia la Santa Cueva, está visiblemente excavado en la roca y acompañado por esculturas que representan al Vía Crucis, destacando, en primer plano, la estación de la crucifixión. Desde la intersección a la Santa Cueva ya es breve el camino al monasterio, tras cruzar la vía del tren cremallera y pasar frente a la estación del teleférico que comunica con el valle, es posible visitar la Basílica y el museo, incluyendo la imagen original de La Moreneta, como se apoda cariñosamente a la patrona. Lo interesante de saludar a la imagen se me hace difícil por la fila de visitantes en espera para acceder al altar donde se ubica. Cansado por andar un desnivel de más de seiscientos metros, me conformo con disfrutarla desde la nave principal del templo, admirando a la vez su frondosa estructura, candelabros y altares. Contento por la experiencia salgo al descampado frente al templo y visualizo, al final del tercio faltante de altura, parte del conjunto de ermitas, cruces, murallas y caminerías construidas en lo más alto. El sol declinaba, decido comenzar el descenso y al llegar a la desviación para la Santa Cueva, pienso ¿que más dá?, y me aventuro a recorrer aquel sendero mágico que me recibió al salir del bosque por la mañana. Una a una, observo con embeleso las esculturas del Via Crucis cuidadosamente dispuestas a cada tanto en grutas y recodos del camino, hasta que, al final, aparece de cerca esa increíble ermita adosada a la roca. Al ponerme de pie en la entrada, asomo la cabeza por la barandilla y no alcanzo a ver el fondo, siento que en cualquier momento puedo irme de bruces mareado por la altura y la pendiente. Absorto, reflexiono acerca de cómo la fé puede lograr las cosas más sorprendentes, y es que allí, al entrar, sentada en su altar, estaba una réplica de La Moreneta, esperándome pacientemente, para escuchar.

Anailil 23-03-2020

No hay comentarios:

Publicar un comentario