“El amor es siempre paciente y amable. Nunca es celoso. El amor nunca es jactancioso o presumido. Nunca es descortés o egoísta. No es ofensivo y no es resentido. El amor no toma placer de los pecados de las otras personas, pero se deleita de la verdad. Está siempre listo para perdonar, para confiar, para creer, para esperar, y para soportar lo que tenga que venir” Pasaje Bíblico versión de Nicholas Sparks.

Atardecer en Camoruco, Estado Aragua, Venezuela

Atardecer en Camoruco, Estado Aragua, Venezuela
Autor: C. Camacho 2009

domingo, 22 de mayo de 2016

Horizonte 0054 Un oficio divino

Sección: Poesía
Autor:    César Camacho
Título:    Un oficio divino
Año:      2016
Un oficio divino

La jornada había sido dura, siempre lo era cuando tocaba andar en las montañas. Aparecen de nuevo esas polvorientas botas protagonistas de tantas andanzas, un símbolo de tantos pasos andados cuya huella no suele recordarse en la tierra tanto como aquellas que dejara Armstrong en el Mar de la Tranquilidad, Humboldt en las regiones equinocciales o Cook en tierras de los kiwis. No siendo por ello nuevos colonos, andamos los pasos de quienes se exiliaran en las faldas del  Pico Codazzi, tierra de especies fragarias y prunnus que se abren paso entre el bosque plagado de líquenes y helechos. Las ruedas, tal cual botas también cubiertas de polvo, nos llevan cuesta arriba como si fuéramos a tocar el cielo, el bailoteo de la cabina abierta al superar las zanjas del camino, nos hace temer caer de un momento a otro en la dirección opuesta a la trayectoria del vehículo y sus 45 grados. La suspensión se nivela y al llegar a la loma, una bodega nos ofrece el clásico néctar de final de jornada; sentados en la cabina nos alcanza el ocaso al fervor de las historias vividas, el calambre en las piernas y el frío del crepúsculo que ya se tiñe naranja, mientras arriba, a lo lejos, un cirro se extiende majestuoso indicando el origen de los alisios que barren esta tierra de gracia, cuyo valor no se mide en números, se mide en imágenes grabadas en el iris de su gente. Las tintas del cielo se hacen opacas mientras el verdor de la montaña cede en un mar de puntos de luz, dispersos pero respetuosos de las cercanas cimas que nos separan del mar. Al fondo el valle, cuyas aguas alimentan el Lago de Los Tacarigua, se pierde entre las primeras casas de La Victoria, umbral que separa la vida urbana moderna de la tradición de la montaña, cien años de distancia entre la cultura del campo y la modernidad de la ciudad. Las luces en el tablero de la pick-up se hacen más brillantes, mientras, tal cual pioneros en tierra ajena, nos dejamos fundir con el entorno que nos rodea, siempre dejándonos llevar por una charla bajo las estrellas  al recuerdo de alguna canción, bendito oficio divino que se lleva en el corazón.

Anailil 21-05-2016

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